Pelícanos, El Niño y mi viejo: algunas cosas que uno piensa mirando el mar
El 6 de agosto fue feriado. Se conmemoraba la Batalla de Junín, aquella ocurrida el 6 de agosto de 1824, hace ya 202 años, cuando los ejércitos independentistas y realistas se enfrentaron en una batalla particularmente extraña por su brevedad, por el protagonismo de la caballería y porque prácticamente se decidió cuando comenzaba a caer la tarde. Los manuscritos de Juan Basilio Cortegana, testigo de aquella jornada, sitúan el desenlace aproximadamente a las cuatro y media de la tarde.
Yo, sin embargo, no estaba pensando mucho en Junín. O no inicialmente.
Aproveché el feriado para hacer algo que cada vez considero más necesario: tomarme un pequeño espacio para mí y para mi familia. Visitamos a mi papá y terminé llevándolo a Ancón. Nada particularmente extraordinario. No hubo vuelos, hoteles, grandes itinerarios ni fotografías frente a monumentos. Solo carretera, comida, mar, familia, mi viejo y yo.
Pero a veces las cosas aparentemente simples terminan produciendo las preguntas más complicadas.
EL MAR
Hay algo que creo que nunca he contado —o por lo menos no con suficiente claridad— y es que disfruto muchísimo meterme al mar.
No necesariamente nadar.
No necesito avanzar quinientos metros, competir con nadie, medir tiempos ni convertirlo en una actividad deportiva. Me basta entrar, dejar que el agua me cubra y permanecer ahí algunos minutos.
Flotando.
Sintiendo.
Pensando.
Hay personas que meditan cerrando los ojos. Otras corren. Otras rezan. Otras necesitan música, silencio, incienso, una iglesia, una montaña o alguno de esos retiros espirituales donde aparentemente uno paga para descubrir cosas que probablemente estaban dentro de uno desde antes de pagar.
Yo tengo el mar.
Cuando estoy dentro del agua ocurre algo extraño. Mi cabeza parece disminuir el ruido cotidiano y comienza a desplazarse hacia esas preguntas absolutamente inútiles que me encantan: qué es la realidad, qué es la conciencia, qué significa existir, cuán grande es el universo, qué tan pequeños somos y, sobre todo, por qué insistimos en pensar que nuestra limitada percepción de las cosas constituye necesariamente la verdad.
Y casi siempre termino llegando a una respuesta parecida. Quizá el problema no está en la realidad. Quizá está en la pregunta.
Porque la pregunta nace desde un cerebro construido evolutivamente para sobrevivir en una escala muy determinada del universo. Nuestro cerebro entiende objetos, distancias, comida, peligro, caras, relaciones sociales. Entiende más o menos bien metros, kilómetros, horas y años. Pero le pedimos que comprenda el infinito, miles de millones de años, mecánica cuántica, conciencia o la inexistencia del tiempo y después nos sorprendemos porque no encuentra respuestas satisfactorias.
Tal vez algunas preguntas parecen imposibles porque estamos tratando de mirar el océano a través del agujero de una aguja.
Y precisamente por eso me gusta el mar.
Porque estando allí uno comprende corporalmente algo que intelectualmente ya sabía: somos ridículamente pequeños.
No de una manera triste. De una manera liberadora.
IR SOLO SIN “IR SOLO”
Aquí debo introducir otra de mis peculiaridades.
Por mi forma particular de relacionarme con el entorno —y por esa neurodivergencia que con los años he ido comprendiendo mejor— normalmente no soy una persona que necesite compañía como condición para disfrutar una actividad.
Durante mucho tiempo hice algo que probablemente algunas personas entenderán y otras no: podía invitar a alguien a acompañarme a determinado lugar no necesariamente porque necesitara conversar con esa persona ni porque sintiera aquella necesidad convencional de “estar acompañado”, sino porque socialmente ciertas actividades parecen requerir compañía.
Hay actividades en las que aparentemente uno queda medio raro estando solo.
Entonces a veces la compañía cumple una función curiosa: evitar que parezca que estás solo. Nada más. Una especie de certificado humano de normalidad.
“Señores, no se preocupen, este sujeto pertenece a algún grupo social. Aquí está el testigo”.
😅
Quien realmente me conoce sabe que puede acompañarme durante horas sin necesidad de llenar cada minuto hablando. Es una capacidad que valoro muchísimo en las personas: saber estar.
No invadir. No interpretar el silencio como incomodidad. No creer que todo espacio vacío tiene que llenarse con conversación.
Por eso normalmente voy a la playa durante el verano y, eventualmente, alguna noche durante el año. Esta vez había una razón adicional para cometer la anomalía de meterme al mar limeño en pleno agosto: el agua estaba inusualmente caliente.
Y no era únicamente una impresión mía.
EL NIÑO YA ESTÁ AQUÍ
Mientras ruteaba hacia Ancón pensaba precisamente en eso.
Este 2026 es un año bastante particular. Durante meses escuchamos hablar de posibilidades, vigilancia, probabilidades y escenarios. Pero a estas alturas ya no estamos hablando simplemente de una especulación meteorológica.
El último comunicado oficial del ENFEN disponible al momento de escribir esta entrada, emitido el 17 de julio de 2026, mantiene la Alerta de El Niño Costero. Y la evolución de los pronósticos durante el año resulta bastante reveladora: en abril todavía se hablaba de un evento predominantemente débil; en junio ya se proyectaba una mayor probabilidad de magnitud fuerte; y para julio el ENFEN señalaba que el evento probablemente continuaría hasta abril de 2027, manteniéndose fuerte y sin descartarse incluso una magnitud extraordinaria hacia finales de 2026. Para el Pacífico central, además, se proyecta que El Niño podría alcanzar una magnitud muy fuerte entre noviembre y diciembre.
Es decir, la información ha cambiado. Y ha cambiado bastante rápido.
La Organización Meteorológica Mundial también advertía desde junio que existía una probabilidad de alrededor del 80 % de establecimiento de condiciones El Niño entre junio y agosto, aumentando hasta aproximadamente 90 % durante el resto del periodo analizado. Para julio, sus observaciones indicaban que el índice Niño 3.4 había pasado de 0,0 °C en marzo a 0,9 °C en mayo.
Conviene hacer una distinción porque después mezclamos todo y terminamos explicando cualquier lluvia diciendo simplemente “es El Niño”.
El Niño Costero corresponde al calentamiento anómalo del mar frente a Perú y Ecuador, particularmente en la región Niño 1+2. El fenómeno El Niño del Pacífico central, asociado al ENOS, involucra una dinámica oceánico-atmosférica muchísimo mayor y tiene repercusiones globales.
Se relacionan, claro. Pero no son exactamente lo mismo. Y esto no es solamente teoría.
Para el trimestre julio-setiembre, el ENFEN proyectó temperaturas del aire muy por encima de los valores habituales en toda la costa peruana. En el ecosistema marino ya se están observando cambios importantes: la anchoveta se encuentra más profunda de lo normal y replegada hacia el litoral; simultáneamente se registra el ingreso de especies propias de aguas ecuatoriales u oceánicas.
Así que aquella sensación entrando al agua con Isabel en Ancón tenía detrás una explicación bastante más grande que nosotros dos diciendo:
—Está rica el agua.
ISABEL Y EL MAR
Isabel disfruta la playa como yo.
Y quizá, afinando un poquito mis propias ideas, ella también está descubriendo a su corta edad algo que yo tardé muchísimo tiempo en identificar: el mar puede ser una extraordinaria compañía.
No te responde absolutamente nada. Y justamente por eso ayuda a encontrar respuestas.
El mar no opina. No juzga. No pregunta por qué. No intenta completar tus frases. No te dice lo que deberías sentir. Simplemente está.
Probablemente por eso puedo pasar tanto tiempo ahí metido.
Ese día entramos juntos y estuvimos un rato disfrutando del agua. Después salimos porque también existe una actividad espiritual considerablemente importante después de meterse al mar:
Comer.
😂
Y aquí tampoco hubo demasiada innovación. Un buen triple y mi eterno sudado o parihuela.
Quienes me conocen saben perfectamente que puedo revisar una carta con cincuenta platos diferentes para finalmente pedir exactamente aquello que llevo pidiendo durante años.
La variabilidad gastronómica me parece un lujo innecesario. Casi una irresponsabilidad.
Si algo funciona correctamente, ¿por qué introducirle riesgos?
Debe ser deformación profesional. O neurodivergencia. O ambas.
LOS PELÍCANOS
Mientras disfrutaba mi parihuela comencé a notar algo.
Había muchos pelícanos.
No tengo un censo histórico de pelícanos de Ancón almacenado en mi cabeza —todavía— como para afirmar científicamente que había más que antes. Pero mi percepción fue esa: estaban particularmente presentes alrededor de la zona donde los pescadores y comerciantes manipulaban pescado.
Y entonces comencé a mirarlos. Algunos esperando. Otros acercándose. Otros volando alrededor. Y vi también un par de pelícanos muertos.
No sé por qué murieron y sería intelectualmente irresponsable inventar una causa desde una mesa mientras termino una parihuela. Pero la imagen inevitablemente me llevó a preguntarme qué estaba ocurriendo con ellos.
Después descubrí que mi observación no era completamente aislada.
En mayo, el propio ENFEN ya había advertido que el calentamiento estaba modificando el hábitat de la anchoveta, provocando su desplazamiento hacia zonas más profundas y hacia el sur. PRODUCE incluso suspendió temporalmente la pesca de anchoveta en distintas zonas durante mayo y finalmente suspendió en junio la actividad extractiva en la zona norte-centro bajo un enfoque precautorio debido a la vulnerabilidad del recurso frente a las condiciones cálidas.
Y aquí aparece nuestro amigo el pelícano.
El pelícano peruano depende fuertemente del ecosistema asociado a la anchoveta. Si la distribución del pez cambia, también cambia la ecuación energética del ave: encontrar alimento puede exigir desplazarse más, cambiar zonas de alimentación o acercarse a lugares donde exista alguna fuente alternativa de pescado.
A finales de julio incluso se reportaba esta misma imagen en caletas limeñas: pelícanos acercándose a zonas de pescadores mientras especialistas advertían que estas aves podían resultar particularmente afectadas por los cambios en la disponibilidad de alimento.
Y esto tampoco sería nuevo. Un estudio histórico del Instituto del Mar del Perú que analizó poblaciones de aves guaneras entre 1953 y 1997 encontró reducciones importantes asociadas a episodios El Niño. El evento de 1982-1983, ocurrido durante la época reproductiva, produjo abandono de zonas de anidamiento y una mortalidad estimada en 58 % de la población total analizada. Así que mis pelícanos dejaron rápidamente de ser solamente pelícanos. Se convirtieron en una pregunta.
¿30 MILLONES DE AÑOS Y TODAVÍA NO APRENDEN?
Pensaba mientras los miraba: ¿Acaso estos animales no han aprendido nada? Después de millones de años viviendo junto al mar, ¿todavía un cambio en la temperatura del agua puede desordenarles la vida de esa manera?
La pregunta me resultó aún más interesante cuando descubrí un dato maravilloso.
Existe un fósil de pelícano del Oligoceno temprano, encontrado en Francia, con aproximadamente 30 millones de años de antigüedad, cuyo pico presenta una morfología sorprendentemente parecida a la de los pelícanos modernos. Los investigadores hablan precisamente de unos 30 millones de años de estasis evolutiva en la morfología del pico.
Ojo. Eso no significa que “el pelícano no haya evolucionado en 30 millones de años”. Sería una barbaridad biológica decirlo así.
Significa que una estructura extremadamente especializada —ese espectacular aparato de pesca que constituye su pico y bolsa gular— resultó tan funcional que su diseño general permaneció extraordinariamente estable durante decenas de millones de años.
Y entonces mi pregunta cambió. Quizá no deberíamos preguntarnos por qué los pelícanos no cambiaron. Quizá deberíamos preguntarnos cómo consiguieron sobrevivir sin necesitar cambiar demasiado.
Porque nosotros, Homo sapiens, llevamos aproximadamente 300 mil años existiendo como especie y en apenas unos cuantos miles construimos ciudades, Estados, religiones, mercados, derecho, burocracias, bancos, universidades, ministerios, satélites, inteligencia artificial, colegios profesionales, procedimientos administrativos y reuniones de coordinación para preparar las siguientes reuniones de coordinación.
Ellos tienen un pico. Nosotros tenemos PowerPoint. Y no estoy completamente seguro de quién va ganando.
EL PELÍCANO Y EL ESTADO PERUANO
Ahí apareció inevitablemente mi deformación profesional.
Miré nuevamente a los pelícanos esperando pescado y pensé: Carajo. Se parecen bastante al Estado peruano.
No al Estado entendido jurídicamente —territorio, población, poder— ni a la nación, ni al gobierno, ni al Poder Ejecutivo, distinciones que seguramente merecerían otra entrada porque solemos meter todas esas cosas en una misma bolsa conceptual.
Me refiero al aparato organizacional. A esa enorme construcción humana que inventamos precisamente para administrar problemas que individualmente no podemos resolver.
Durante el doctorado revisamos una idea que desde entonces me acompaña bastante: las organizaciones existen, entre otras cosas, como mecanismos capaces de reducir o absorber la complejidad proveniente del entorno. Bustamante y Opazo lo desarrollan desde una lógica sistémica: frente a una realidad externa enormemente compleja, construimos estructuras internas, subsistemas, reglas, especializaciones y mecanismos de coordinación para poder responder.
Tiene todo el sentido. Un individuo no puede administrar hospitales, carreteras, lluvias, puertos, epidemias, escuelas, inundaciones, fuerzas de respuesta, sistemas de agua, comunicaciones y abastecimiento simultáneamente. Entonces creamos organizaciones.
Y después creamos organizaciones que coordinan organizaciones. Y luego oficinas que supervisan las organizaciones que coordinan las organizaciones. Y después contratamos una consultoría para determinar por qué las organizaciones no se coordinan. 😂
Ahí aparece la paradoja.
La complejidad interna que creamos para gestionar la complejidad externa puede terminar convirtiéndose ella misma en otra fuente de complejidad.
El instrumento se transforma en problema. Procedimientos creados para ordenar terminan paralizando. Especializaciones creadas para mejorar decisiones terminan construyendo feudos. Controles creados para reducir riesgos terminan haciendo que nadie quiera asumirlos. Y estructuras creadas para responder rápidamente al entorno terminan siendo incapaces de moverse cuando el entorno cambia.
Eso es bastante parecido a lo que estamos viendo frente a El Niño.
NOS VA A ENCONTRAR CON EL PANTALÓN ABAJO
A estas alturas resulta difícil sostener que no sabíamos.
El 1 de julio de 2026, el Ejecutivo declaró el estado de emergencia en 796 distritos de 23 departamentos y el Callao, durante 60 días, ante el peligro inminente de lluvias asociadas al fenómeno El Niño 2026-2027.
Más preocupante todavía: el 15 de julio la Defensoría del Pueblo advirtió que más de 9,3 millones de personas se encontraban en zonas de alto riesgo y llamó la atención además sobre aproximadamente S/ 11 mil millones en obras paralizadas, reclamando acciones inmediatas de los distintos niveles de gobierno.
Nueve millones trescientas mil personas. Eso ya no es una “posibilidad”. Eso es gestión de riesgos.
Y aquí aparece uno de mis permanentes conflictos con nuestro aparato público.
Nos encanta gestionar emergencias. No sé si nos gusta prevenirlas.
Porque la emergencia produce algo que burocráticamente resulta fascinante: urgencia. De pronto todo aquello que demoraba meses tiene que hacerse en días.
Aparecen declaratorias. Decretos. Contrataciones directas. Procedimientos excepcionales. Flexibilizaciones. Créditos suplementarios. Despliegues inmediatos. Requerimientos urgentes. Comités de crisis. COEN. Maquinaria. Ayuda humanitaria. Y, naturalmente, proveedores que aparecen rapidísimo cuando sienten el olor de un presupuesto urgente.
Entonces comienza el viejo deporte nacional de pescar en río revuelto.
Y aclaro algo porque después alguno interpretará lo que le dé la gana: no estoy afirmando que toda emergencia sea artificialmente provocada ni que todo servidor o proveedor involucrado sea corrupto. Eso sería absurdo. La contratación de emergencia existe precisamente porque una emergencia real requiere velocidad. Lo preocupante es otra cosa.
Cuando la excepción sustituye sistemáticamente a la planificación, tenemos un problema.
Cuando necesitamos permanentemente mecanismos extraordinarios para hacer aquello que debimos preparar ordinariamente, tenemos otro problema.
Cuando el Estado funciona mejor jurídicamente durante la emergencia que administrativamente durante la normalidad, deberíamos comenzar a preguntarnos qué estamos diseñando mal.
La nueva Ley General de Contrataciones Públicas, Ley N.° 32069, podrá cambiar nombres, procedimientos, herramientas y categorías, pero ninguna arquitectura normativa puede sustituir la competencia profesional.
Puedes flexibilizar cien procedimientos. Si el decisor no sabe decidir, solamente conseguirás que tome malas decisiones más rápido.
CUANDO LA GESTIÓN DE RIESGOS SE CONVIERTE EN GESTIÓN DEL MIEDO
He pasado suficientes años trabajando alrededor del abastecimiento público, y particularmente viendo sectores complejos como salud y defensa, como para haber aprendido algo incómodo:
La regulación importa muchísimo. Pero las personas importan más.
Puedes tener una buena ley administrada por gente incompetente y obtener pésimos resultados.
Puedes tener incluso una regulación imperfecta administrada por buenos equipos técnicos y conseguir resultados razonables.
Por eso la rotación indiscriminada de puestos clave me preocupa mucho más de lo que suele preocuparle a la política.
Cada cambio no solamente reemplaza una persona. Destruye memoria organizacional. Interrumpe curvas de aprendizaje. Rompe redes de coordinación. Obliga a reinterpretar decisiones anteriores. Introduce nuevos actores que necesitan comprender problemas que llevan meses o años desarrollándose.
Y en gestión del riesgo existe algo que el fenómeno natural no está dispuesto a otorgarnos: Tiempo.
El río no espera que termine la transferencia de gestión. El huaico no necesita opinión legal. La inundación no solicita certificación presupuestal. El enfermo no puede esperar que termine la curva de aprendizaje del nuevo funcionario. El desastre simplemente ocurre.
Por eso cuando miro los comunicados oficiales anunciando reuniones, articulaciones, coordinaciones, asistencia técnica y despliegue de capacidades, me alegra que se estén haciendo cosas. Sería injusto afirmar lo contrario. Durante junio y julio distintos sectores informaron sobre trabajos de descolmatación, preparación de municipalidades, adquisición o despliegue de maquinaria, acciones con gobiernos regionales y fortalecimiento de capacidades de respuesta.
Pero la pregunta incómoda permanece: ¿Alcanza?
LA PREVENCIÓN YA CASI TERMINÓ
Existe un momento en gestión de riesgos en que uno tiene que aceptar que la ventana de prevención estructural comienza a cerrarse y debe desplazar recursos hacia preparación, mitigación, respuesta y continuidad operacional.
No porque prevenir deje de importar. Sino porque hay cosas que físicamente ya no vas a construir a tiempo.
Un puente que necesita dos años no se termina mediante un decreto de urgencia. Una quebrada ocupada durante veinte años no se libera mágicamente en tres meses. Un sistema regional de salud sin capacidad logística no desarrolla músculos porque publiquemos una resolución. Una municipalidad sin cuadros técnicos no se convierte en NASA mediante una declaratoria de emergencia.
A estas alturas necesitamos saber, con nombres y apellidos institucionales, qué capacidades existen realmente.
Dónde está la maquinaria. Cuánta funciona. Quién la opera. Dónde están los almacenes. Qué rutas alternativas existen. Qué establecimientos de salud tienen autonomía energética. Qué sistemas de agua pueden colapsar. Qué puentes constituyen puntos únicos de falla. Qué aeronaves pueden cumplir misiones de evacuación o transporte. Qué inventarios estratégicos están preposicionados. Cuánto combustible existe. Quién decide. Quién reemplaza al que decide. Qué ocurre durante las primeras seis horas. Qué ocurre durante las primeras 24. Qué ocurre durante las primeras 72.
Eso es planificación operativa. Lo demás puede terminar siendo PowerPoint.
LOS PELÍCANOS OTRA VEZ
Y justamente allí volvemos a ellos.
Los pelícanos no tienen un SINAGERD. No tienen PCM. No tienen CENEPRED. No tienen INDECI. No tienen gobiernos regionales. No tienen municipalidades. No publican decretos supremos. No tienen aplicaciones de presupuesto.
Cuando cambia la disponibilidad de su alimento tienen básicamente tres alternativas: Buscar. Moverse. Adaptarse.
Y si no consiguen hacerlo suficientemente rápido, la selección natural no tiene libro de reclamaciones.
Nosotros construimos algo muchísimo más sofisticado precisamente para no depender únicamente de esa brutal ecuación. Construimos civilización. El problema aparece cuando después de construirla nos comportamos exactamente como el pelícano parado frente al puesto del pescador esperando que alguien le arroje un pescado.
Porque también el ciudadano peruano tiene esa tendencia.
Esperamos que venga el alcalde. Que venga el gobernador. Que venga el ministro. Que venga el Ejército. Que venga Defensa Civil. Que venga el bono. Que venga la maquinaria. Que venga alguien.
Y mientras tanto seguimos construyendo al borde del río, arrojando basura a la quebrada, ocupando zonas inundables, tolerando autoridades incompetentes y votando algunas veces como quien elige participante de reality.
Después llega el agua y preguntamos: ¿Dónde está el Estado? Pregunta válida. Pero incompleta.
REALIDAD OBJETIVA, SUBJETIVA E INTERSUBJETIVA
Aquí regreso inevitablemente a Harari y a aquella clasificación que últimamente me resulta útil para ordenar muchas de estas cosas.
Existe una realidad objetiva. La temperatura del océano. La lluvia. La gravedad. La anchoveta. El pelícano. El río. Esas cosas no necesitan que creamos en ellas.
Después está la realidad subjetiva. Mi sensación dentro del mar. Mi tranquilidad. Mi preocupación. Mi interpretación de aquellos pelícanos. Mi cariño por mi viejo. Mis recuerdos. Todo eso existe dentro de una conciencia individual.
Y después están las poderosísimas realidades intersubjetivas. El Estado. El dinero. La ley. El presupuesto público. Las fronteras. Los ministerios. Las profesiones. Los colegios profesionales. Una declaratoria de emergencia. La autoridad. La religión. Todas funcionan porque suficientes seres humanos compartimos determinadas construcciones conceptuales y actuamos como si poseyeran existencia propia.
Un billete es papel. Pero intenta convencer al supermercado de ello. Una resolución es tinta o información digital. Pero puede movilizar millones de soles. Una frontera no aparece dibujada físicamente sobre la tierra. Pero intenta cruzarla sin pasaporte.
Ahí está el poder de la realidad intersubjetiva. Y también su peligro. Porque podemos construir colectivamente una realidad intersubjetiva donde todos afirmemos que “estamos preparados” mientras la realidad objetiva dice exactamente lo contrario. La inundación tiene una característica maravillosa: No lee notas de prensa.
EL NUEVO GOBIERNO
También sería intelectualmente deshonesto responsabilizar completamente al gobierno que acaba de asumir.
El nuevo gobierno de Keiko Fujimori inició funciones el 28 de julio de 2026. Cuando yo estaba caminando por Ancón con mi papá el 6 de agosto, llevaba poco más de una semana administrando el país. Pretender atribuirle la ausencia de infraestructura preventiva acumulada durante décadas sería simplemente propaganda, no análisis.
Otra cosa será evaluar lo que haga desde ahora. Y ahí sí tendrá una enorme responsabilidad. Me genera particular curiosidad Salud.
El nuevo ministro, Luis Dyer Fernández, no es médico. Es profesional de Negocios Internacionales, tiene una maestría en Administración de Empresas y una trayectoria fundamentalmente empresarial y de gestión.
Ya escuché las críticas previsibles: —¿Cómo va a dirigir Salud alguien que no es médico? Y yo tengo que decir algo probablemente impopular: Qué bueno que no necesariamente lo sea.
Un ministro de Salud no está contratado para diagnosticar neumonías ni realizar cirugías. Para eso existen médicos. Está ahí para dirigir un sistema sanitario gigantesco, fragmentado, complejo, territorialmente disperso, intensivo en recursos, infraestructura, personas, medicamentos, información y logística.
¿Significa eso que cualquier administrador puede dirigir Salud? Por supuesto que no. Tiene que demostrarlo. La gestión no se presume por tener un MBA. Pero tampoco deberíamos asumir que conocer clínicamente la enfermedad convierte automáticamente a alguien en experto en gestionar organizaciones sanitarias. Son competencias diferentes.
Este país sufre una enfermedad adicional: el intrusismo profesional invertido, donde cada profesión intenta construir un pequeño curacazgo alrededor de determinadas funciones y expulsar de él a cualquier persona que provenga de otra disciplina.
Médicos contra administradores. Ingenieros contra arquitectos. Obstetras contra enfermeras. Abogados contra cualquiera que se atreva a interpretar un documento. 😂
Mientras tanto, el problema real sigue sentado afuera esperando que terminen de decidir quién tiene derecho a resolverlo.
La complejidad contemporánea exige justamente lo contrario: multidisciplinariedad.
Hay problemas que solamente aparecen cuando alguien que viene de afuera formula una pregunta que a los especialistas internos ya dejó de ocurrírseles.
Y AQUÍ TENGO QUE CONTRADECIRME
Hay otro asunto sobre el que suelo tener una posición bastante heterodoxa.
Siempre me ha causado cierto rechazo esa narrativa según la cual el ser humano parece ser responsable de absolutamente todo lo que ocurre en el planeta. Hay allí —creo— una dosis importante de antropocentrismo. La Tierra tiene aproximadamente 4.540 millones de años. Homo sapiens, alrededor de 300 mil. Nuestra presencia representa una fracción microscópica de su historia.
El Niño existía muchísimo antes que nosotros y seguirá existiendo después de nosotros.
NASA lo explica claramente: El Niño no es causado por el cambio climático. Es una oscilación natural del sistema océano-atmósfera del Pacífico que ocurre irregularmente aproximadamente cada dos a siete años.
Hasta ahí mi intuición camina bastante cómoda. El problema aparece después. Porque si voy a utilizar ciencia para sostener aquello que me gusta, tengo también que aceptar la ciencia cuando contradice aquello que me gusta.
Y la evidencia disponible es contundente respecto de otra cuestión: el calentamiento global de largo plazo observado desde mediados del siglo XX tiene principalmente origen antropogénico.
El IPCC lo expresa con una palabra particularmente fuerte para una organización científica: inequívoco. La influencia humana ha calentado la atmósfera, el océano y la tierra. NASA plantea esencialmente la misma conclusión: la actividad humana es la principal responsable de la tendencia contemporánea de calentamiento global.
Entonces ambas cosas pueden ser verdaderas simultáneamente. El Niño es natural. El calentamiento global contemporáneo tiene una fuerte causa humana. Y un fenómeno natural puede desarrollarse dentro de un planeta que ya posee una temperatura de fondo alterada por nuestra actividad. Eso es bastante más interesante que dividir el mundo entre “los humanos causamos todo” y “los humanos no causamos nada”. La realidad casi siempre tiene la mala costumbre de ser más compleja que nuestras ideologías.
EL ANTROPOCENTRISMO
Lo que sí mantengo es otra crítica.
El ser humano tiene una extraordinaria necesidad psicológica de ocupar el centro de la película.
Si ocurre una catástrofe, somos el villano. Si la evitamos, somos el héroe. Si encontramos vida extraterrestre, seguramente comenzaremos preguntándonos qué significa para nosotros. Hasta sería gracioso que algún día aparezca una civilización extraterrestre y nuestra primera reacción sea organizar un panel para discutir qué hicimos los humanos para provocar su llegada. 😂
Nos cuesta imaginar una realidad en la cual simplemente somos una especie más. Extraordinaria en algunas capacidades. Profundamente mediocre en otras.
Y LAS RELIGIONES TAMBIÉN
Probablemente allí nació también una parte importante de mi ruptura con la religión. No con la religiosidad como experiencia humana, que me sigue pareciendo fascinante e incluso valiosa. Sino con aquella pretensión de superioridad ontológica. La idea de que todo este universo de cientos de miles de millones de galaxias tendría como protagonista último a un primate que apareció recientemente en una roca pequeña orbitando una estrella bastante común. Me sigue pareciendo extraordinariamente antropocéntrico.
Eso no significa que mi experiencia religiosa anterior haya sido inútil. Al contrario. Creo que contribuyó muchísimo a formar determinadas estructuras morales durante mi infancia. Después vinieron las preguntas. Y ahora una posición mucho más interesante para mí: observar la religión como una de las realidades intersubjetivas más poderosas construidas por nuestra especie. No necesita ser objetivamente verdadera para tener consecuencias objetivas.
Ha construido civilizaciones. Ha provocado guerras. Ha creado arte. Ha sostenido personas. Ha legitimado gobiernos. Ha educado niños. Ha destruido vidas. Ha producido santos y fanáticos. Todo simultáneamente.
Probablemente la madurez intelectual no consiste en destruir cada cosa que dejamos de creer. Quizá consiste en comprender para qué nos sirvió. Como el caparazón de una langosta: llega un momento en que hay que romperlo para crecer, pero eso no significa que haya sido inútil mientras nos protegía. Nada es innecesario. Nada es en vano. Todo suma. Eso decía mi papá.
MI VIEJO
Y ahí estaba él. Caminando conmigo por Ancón. Mientras mi cabeza había recorrido en cuestión de horas la Batalla de Junín, el universo, Harari, los pelícanos, El Niño, la Ley de Contrataciones, el Estado peruano, el cambio climático, la multidisciplinariedad, el antropocentrismo y Dios… mi viejo simplemente estaba ahí.
Quizá esa sea también una característica heredada.
😂
Me dio mucho gusto poder pasear con él.
Porque inevitablemente pensé que probablemente estaba devolviéndole, de una manera muy pequeña, todos aquellos paseos que él me regaló cuando yo era niño.
Y sí. Tengo que decirlo. Tengo un gran padre. Mi viejo estuvo conmigo. Fue referencia. Fue orientación. Nunca necesitó construir un personaje perfecto para ejercer autoridad. Podía aconsejarme sin juzgarme. Podía acompañarme sin invadirme. Y podía también cuadrarme cuando consideraba que era necesario.
Recuerdo particularmente una ocasión en la que yo estaba destruido por alguna de esas tragedias que cuando somos jóvenes sentimos que constituyen el fin del universo.
Estaba llorando. Él me miró y básicamente me dijo: Así es la vida. Llorando no vas a resolver nada. Vas a adelgazar, te vas a hundir un rato, pero después vas a recuperarte. Así que tranquilo chino.
No recuerdo si fueron exactamente esas palabras. Pero recuerdo perfectamente el mensaje. Y esa frase quedó instalada en algún lugar de mi cabeza. Todavía aparece. A veces cuando tengo problemas. A veces cuando alguna de mis hijas tiene uno. Y entonces me sorprendo repitiendo ideas de mi papá utilizando mis propias palabras. Debe ser una de las formas más extrañas de inmortalidad.
TAL VEZ LOS PELÍCANOS TAMBIÉN TUVIERON UN VIEJO
Mientras caminábamos pensé nuevamente en ellos. Probablemente estoy humanizándolos demasiado. Pero me gustó imaginar que quizá durante esos treinta millones de años cada generación de pelícanos tuvo algo equivalente a nuestros viejos.
No alguien que pudiera explicarles exactamente hacia dónde ir. Sino alguien que les enseñara lo fundamental: Si aquí no hay pescado, vuela. Busca. No te quedes esperando.
Quizá eso explique mejor su supervivencia que cualquier estructura administrativa. Treinta millones de años sin ministerios. Algo deben estar haciendo bien.
LA ZONA DE CONFORT DE LAS SOCIEDADES
Hay un error adicional que solemos cometer.
Hablamos de zona de confort como si fuera exclusivamente un problema individual. “Salgan de su zona de confort”. “Supérate”. “Emprende”. “Haz ejercicio”. “Levántate a las cinco”. Toda esa literatura de autoayuda que algunas veces ayuda y otras solamente consigue que uno se sienta culpable porque son las 7:30 y todavía no ha fundado una startup.
Pero existen también zonas de confort colectivas. Sociedades completas pueden acostumbrarse a funcionar mal.
Podemos normalizar corrupción. Normalizar informalidad. Normalizar improvisación. Normalizar incompetencia. Normalizar que una obra demore diez años. Normalizar que cada gobierno vuelva a comenzar. Normalizar que los técnicos sean reemplazados por personas de confianza. Normalizar que reaccionar sea equivalente a gestionar. Y finalmente construimos una realidad intersubjetiva donde aquello anormal se convierte en normal.
Ese probablemente sea uno de los peligros más grandes que enfrentamos frente a El Niño. No desconocer el riesgo. Acostumbrarnos a él.
¿Y QUÉ HACEMOS?
A nivel estructural probablemente ya llegamos tarde para muchas cosas. Pero llegar tarde no significa que dé igual llegar una hora después. La prioridad debería desplazarse cada vez más hacia la reducción del impacto y la preparación efectiva para responder.
Necesitamos capacidades críticas identificadas antes del desastre; maquinaria operativa y georreferenciada; inventarios estratégicos preposicionados; rutas logísticas principales y alternativas; infraestructura sanitaria priorizada; continuidad de agua, energía y telecomunicaciones; aeronaves y vehículos disponibles; procedimientos de respuesta ensayados; mecanismos contractuales preparados; cadenas claras de decisión; transparencia intensificada en contratación de emergencia; interoperabilidad entre gobierno nacional, gobiernos regionales y municipalidades; y, sobre todo, personas competentes sentadas en los lugares donde habrá que decidir rápido.
Porque disponer de recursos no equivale a tener capacidad. Un helicóptero sin mantenimiento no es capacidad. Una excavadora sin operador no es capacidad. Un almacén lleno pero inaccesible no es capacidad. Un presupuesto sin ejecución no es capacidad. Un funcionario que necesita cinco reuniones para decidir tampoco es capacidad.
La capacidad solamente existe cuando recursos, personas, información y decisión pueden convertirse en acción dentro del tiempo requerido. Eso es gestión.
HAY QUE BOTAR GENTE
Y sí. También hay que decir algo poco elegante. Parte de cualquier proceso serio de fortalecimiento institucional consiste en retirar personas que no tienen las competencias necesarias para las responsabilidades que ocupan. No me refiero a purgas políticas. Justamente lo contrario. Me refiero a profesionalizar.
No todos los problemas se arreglan capacitando. Hay personas que necesitan capacitación. Hay otras que necesitan experiencia. Hay algunas que necesitan dirección. Y existen otras que simplemente no deberían estar ocupando determinado puesto. La meritocracia también consiste en reconocer eso. Especialmente cuando administrar mal puede significar que una comunidad se quede aislada, que un hospital pierda abastecimiento o que determinada ayuda llegue cuando ya dejó de ser útil.
La tecnocracia tiene mala prensa porque a veces se confunde técnico con aquel sujeto que habla complicado, utiliza tres anglicismos por minuto y llena diapositivas de flechas.
Ese no necesariamente es técnico. A veces es un sofista con PowerPoint.
Técnico es quien conoce el proceso. Comprende sus restricciones. Puede explicar sus decisiones. Utiliza evidencia. Reconoce lo que desconoce. Y, fundamentalmente, consigue resultados.
De los otros tenemos demasiados. Cacatúas organizacionales que escuchan al técnico, vuelan algunos pisos hacia arriba y repiten delante de la autoridad aproximadamente el 25 % de aquello que alcanzaron a comprender.
OCUPARNOS
Entonces quizá la palabra correcta no sea preocuparnos. Es ocuparnos. Desde el niño. Desde la familia. Desde el barrio. Desde el municipio. Desde el gobierno regional. Desde el Ejecutivo.
Cada nivel tiene una capacidad distinta. Nadie debería esperar que una familia construya una defensa ribereña. Pero sí puede conocer rutas, proteger documentos, identificar zonas seguras y seguir información oficial. Una municipalidad debe conocer sus puntos críticos. Un gobierno regional debe poder articular capacidades territoriales. El Gobierno Nacional debe garantizar recursos estratégicos, interoperabilidad, logística y respuesta. Y los ciudadanos debemos fiscalizar. Porque el Estado no es una criatura extraterrestre que vive en un edificio de Lima. También somos nosotros.
DE JUNÍN A ANCÓN
Me causa gracia pensar que todo esto comenzó porque el 6 de agosto decidí llevar a mi papá a Ancón. El feriado recordaba una batalla que ayudó a definir políticamente el territorio en el que hoy vivimos. Doscientos dos años después, sigo preguntándome cuánto hemos aprendido realmente a administrarlo.
Hemos cambiado caballos por vehículos. Mensajeros por fibra óptica. Mapas dibujados a mano por satélites. Tenemos radares meteorológicos, modelos climáticos, inteligencia artificial, sensores oceánicos, maquinaria pesada, aeronaves y sistemas capaces de anticipar con meses de anticipación un fenómeno que para nuestros antepasados simplemente aparecía. Tenemos una cantidad de información que hubiera parecido magia hace cien años. Y aun así podemos fallar.
Entonces quizá el problema ya no sea conocer. Quizá sea decidir.
TREINTA MILLONES DE AÑOS
Los pelícanos llevan aproximadamente treinta millones de años utilizando un diseño corporal extraordinariamente parecido para conseguir alimento. Nosotros llevamos unos cuantos miles creando y destruyendo organizaciones. Ellos aprendieron a adaptarse al océano. Nosotros intentamos adaptar el océano a nuestras organizaciones. Quizá ahí esté parte del problema.
La naturaleza cambia. Los sistemas complejos cambian. La economía cambia. Las personas cambian. El clima cambia. Las tecnologías cambian. Los riesgos cambian.
Entonces cualquier organización que pretenda sobrevivir necesita desarrollar capacidad de aprendizaje, adaptación y reconfiguración. No podemos administrar el problema nuevo únicamente con la estructura mental que funcionó para el problema anterior. En ocasiones hay que aprender. Y en otras, mucho más difícil todavía, hay que desaprender.
MI PAPÁ, ISABEL Y UN PELÍCANO
Al final del día mi recuerdo probablemente no será el comunicado ENFEN, ni los 796 distritos, ni los 9,3 millones de personas expuestas, ni siquiera los pelícanos.
Será mi papá caminando junto a mí mirando el mar. Será Isabel entrando conmigo al agua. Será una parihuela. Será aquella sensación absurda de invierno con agua que parecía no corresponder al invierno.
Y probablemente será también uno de esos pelícanos parado cerca de nosotros esperando que alguien le arroje algo. Me gustaría pensar que nosotros podemos hacerlo un poquito mejor.
Que después de 300 mil años de evolución, de desarrollar lenguaje, conciencia, ciencia, instituciones y la capacidad de colocar máquinas fuera del planeta, podemos conseguir algo aparentemente bastante más sencillo: Prepararnos. No controlar El Niño. Eso sería otra fantasía antropocéntrica. Prepararnos para él.
Porque quizá esa sea finalmente la diferencia entre nosotros y aquellos pelícanos. Ellos solamente pueden adaptarse cuando cambia el océano. Nosotros podemos anticiparlo.
Y si teniendo la información, los recursos, la ciencia y varios meses por delante aun así decidimos quedarnos parados esperando que alguien nos arroje el pescadito… entonces quizá no hemos evolucionado tanto como creemos.
Mi papá probablemente lo diría mucho más sencillo. Así es la vida. Deja de lamentarte. Haz algo. Y probablemente tenga razón. Como casi siempre.
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