El Kende, la luna y los terremotos: algunas cosas que regresan en agosto
Sobre papamarto, Gramadales, un eclipse que no vimos y las cosas que se mueven sin pedir permiso.
Agosto ha venido atribulado.
No por una sola cosa —eso habría sido demasiado ordenado—, sino por varias de esas variables cotidianas que deciden precipitarse al mismo tiempo: el trabajo, la familia, los estudios, las amistades, los planes de futuro y ciertos ajustes del pasado que uno posterga como si el pasado aceptara reprogramaciones.
El pasado, por desgracia, no admite adendas. Si las admitiera, hace tiempo habría solicitado una ampliación de plazo. Y entonces ocurrió el eclipse.
El 12 de agosto de 2026 la Luna se interpuso entre la Tierra y el Sol. La franja de totalidad cruzó Groenlandia, Islandia, parte de Rusia, el Atlántico y España, hasta rozar Portugal. Desde Lima no vimos cómo el día se convertía brevemente en noche. Vimos algo bastante más contemporáneo: transmisiones, mapas, fotografías, simulaciones y videos que comenzaron a circular antes de que la sombra terminara de cruzar el planeta. Antes el cielo sorprendía a la gente. Ahora la sorpresa llega con notificación, animación y enlace para compartir.
No fue nuestro eclipse geográfico. Pero de algún modo terminó siendo mi eclipse mental.
Tres días después, el calendario devolvió otra sombra: el aniversario del terremoto del 15 de agosto de 2007. Un eclipse retira la luz por unos minutos. Un terremoto retira la certeza. Tal vez por eso ambos acontecimientos, tan distintos y tan indiferentes a nosotros, terminaron llevándome al mismo lugar.
A mi infancia. Y a mi papamarto.
EL KENDE
Papamarto era el papá de mi mamá. Mi abuelo, para quienes prefieren las relaciones familiares sin neologismos.
Él me decía Kende.
Nunca terminé de averiguar qué era exactamente un kende. En algunos momentos pensé que podía ser un insecto. En otros, un pequeño reptil. Quizá un ave. Tal vez no era nada de eso y la palabra pertenecía únicamente a la zoología privada de mi abuelo. Las familias también inventan especies, geografías y lenguajes que no figuran en ningún diccionario.
Lo cierto es que, cuando decía Kende, yo sabía que me hablaba a mí.
Y quizá eso sea lo único que necesita un nombre para ser verdadero.
GRAMADALES
Con papamarto hacía viajes cortos hacia el norte de Lima. Digo cortos porque en aquellos años lo eran. Hoy probablemente necesitaríamos refrigerios, una evaluación de riesgos, un plan de contingencia y dos conductores para atravesar el mismo tráfico.
Íbamos a Gramadales.
Hasta hoy no he descifrado por qué se llamaba así. Para mí era simplemente un terrenito donde mi abuelo mantenía una chacrita. En aquel pequeño lote convivían chirillas —o así conserva la palabra mi memoria—, papayas, paltas, naranjas, plátanos y caña de azúcar.
Sobre todo caña de azúcar.
Gramadales no era una gran hacienda. No había tractores inteligentes, sensores de humedad, drones agrícolas ni tableros de control. Había tierra, viento, plantas y un hombre que parecía saber qué estaba ocurriendo antes de que ocurriera.
COMPÍN, PEDACITO DE CIELO
Mi abuelo era un hombre sencillo, hecho a la naturaleza. Conocía el campo por su tierra natal, Compín, “pedacito de cielo”, como solía llamarla. En Lima se hizo albañil y después maestro de obra. Con eso levantó paredes, techos y una familia.
También fue un hombre de su tiempo, incluso en aquello de su tiempo que hoy no celebraríamos: un machismo aprendido, entonces tan extendido que casi parecía parte del clima. Decirlo no borra lo demás. Y lo demás tampoco lo absuelve. Las personas reales tienen esa incómoda costumbre de no caber completas en la categoría de buenas o malas.
Pero en el campo se transformaba.
Conocía los ciclos de siembra, miraba la Luna, observaba las mareas y leía el viento. Podía anticipar cómo vendría el anochecer no porque poseyera poderes secretos, sino porque había acumulado durante décadas aquello que hoy llamaríamos información, patrones y experiencia. Solo que no necesitaba una presentación de treinta diapositivas para demostrarlo.
A veces silbaba. A veces cantaba alguna melodía que venía de más lejos que él. Y mientras caminábamos compartía conmigo conocimientos que a algunos científicos de ciudad podrían haberles parecido supersticiosos, aunque buena parte de ellos no eran magia: eran observación empírica transmitida sin bibliografía.
Creo que aquello contribuyó de manera decisiva a mi apetito por lo inexplicable, lo ambiguo y lo que todavía no cabe bien en nuestras categorías.
Papamarto no me enseñó a desconfiar de la ciencia.
Me enseñó, quizá sin saberlo, a desconfiar de quien cree que ya lo explicó todo.
LA LUNA SABE COSAS
Mi abuelo decía que la Luna influía en nosotros.
¿Cómo no iba a hacerlo —razonaba— si movía las mareas, hacía subir el agua e intervenía en las plantas? ¿Qué podía hacernos a nosotros, que al final estábamos hechos de lo mismo?
La primera parte es física: la gravedad de la Luna participa en la formación de las mareas. La segunda entra en un terreno mucho más discutido: existen prácticas agrícolas organizadas según fases lunares, pero no contamos con evidencia comparable para afirmar que la Luna gobierna la savia como gobierna el océano. Y de allí a concluir que administra nuestro carácter, nuestros amores o nuestras decisiones hay varios puentes que la ciencia no ha construido.
Sin embargo, papamarto tenía razón de una manera que quizá no era física.
La Luna influye en nosotros porque la miramos.
Porque ordenamos calendarios con sus ciclos. Porque escribimos poemas, navegamos, sembramos, contamos historias y nos hacemos preguntas bajo su luz. Porque un eclipse ocurrido a miles de kilómetros puede llegar a una pantalla en Lima y abrir una puerta que llevaba décadas cerrada.
La Luna no tomó ninguna decisión por mí. Solo movió una memoria. Y a veces una memoria mueve más agua que una marea.
LAS EXTRACIENCIAS
Siempre he creído que las ciencias y las artes intentan explicar la realidad desde nuestros límites y nuestra finitud. Unas miden. Otras representan. Algunas demuestran. Otras revelan sin demostrar. Ninguna agota el mundo.
Alrededor de ellas aparecen lo que yo llamo extraciencias: sistemas de ideas que buscan relacionar acontecimientos, ofrecer modelos explicativos y, muchas veces, proyectar un futuro menos incierto. Algunas personas buscan éxito. Otras buscan control. Yo, si tengo que ubicarme en algún grupo, prefiero el de quienes buscan paz.
No me molestan las extraciencias cuando se presentan como metáforas, lenguajes simbólicos o instrumentos de introspección. Me interesan, incluso. El problema comienza cuando se ponen una bata blanca, pronuncian tres veces la palabra cuántico y pretenden que la física firme conclusiones que nunca aprobó.
La ciencia pierde autoridad cuando finge saber lo que ignora. Pero las creencias también la pierden cuando fingen haber demostrado lo que apenas desean.
Entre ambas cosas queda un espacio mucho más interesante.
La pregunta.
CAÑA, RANA Y TORO
Entre los recuerdos que regresaron apareció uno especialmente dulce.
Cuando salíamos y yo le pedía golosinas, papamarto no buscaba una tienda. Cogía un cuchillo, cortaba una caña de azúcar —nunca faltaban— y me la entregaba. Allí me quedaba entretenido, arrancando la corteza con los dientes y masticando la fibra hasta extraerle el último resto dulce.
Era una cadena de suministro de un solo eslabón.
Productor, distribuidor y consumidor final reunidos en una chacrita.
Hasta hoy disfruto masticar caña.
Hay otros recuerdos más difíciles de clasificar. Una madrugada, antes de viajar a Gramadales, me hizo tomar un extracto de rana en la todavía desolada zona de Positos. En otra ocasión, ya en Compín, bebí un vaso de sangre de toro recién degollado.
Todo promovido por mi abuelo, quien sostenía que yo estaba demasiado flaquito.
Su medicina preventiva no tenía ensayos clínicos aleatorizados, prospectos sanitarios ni comité de ética. Tenía tradición, convicción y una preocupante disponibilidad de ingredientes.
¿Funcionó?
Bueno. Dejé de estar flaquito.
La correlación no demuestra causalidad, pero sospecho que papamarto habría reclamado el éxito del tratamiento.
MÁS DE CIEN AÑOS
Mi abuelo era feliz con poco.
Hasta el final, cuando ya se había perdido entre recuerdos de los que no siempre sabía regresar, tocaba su guitarra y cantaba. Preguntaba por sus hijas. A veces preguntaba por el Kende.
Vivió más de cien años. Casi como si estuviera desafiando a la misma naturaleza que había pasado la vida observando.
Murió con vigor, si es que esa combinación de palabras tiene sentido.
Yo siempre he sospechado que la gente no muere del todo. Muere el cuerpo, por supuesto. Se detiene. Se transforma. La materia continúa su viaje y eso, aunque sea menos espectacular que algunas promesas religiosas, ya resulta bastante extraordinario.
Sobre el alma tengo menos certezas y más intuiciones. Me gusta pensar que se reúne con el todo; que ese polvito de estrellas, acompañado de una energía que no comprendo, vuelve a una realidad más grande que nuestra inteligencia.
A veces pienso que la conciencia es una mejora evolutiva con defecto de fabricación. Nos permite crear ciencia, música, ternura y civilización. También nos permite preocuparnos por una conversación ocurrida hace quince años a las tres de la mañana.
Una herramienta extraordinaria.
Con algunas fallas de fábrica.
Pero salgamos por un momento de este desvío metafísico que, para quienes conocen a kenecon, es casi siempre el lugar al que terminan llegando sus textos aunque juren que iban a hablar de otra cosa.
Volvamos al terremoto.
15 DE AGOSTO DE 2007
Esta entrada recoge también un borrador interminable que comencé en 2007 y que nunca llegó a ver la luz. Tal vez porque entonces todavía no sabía qué quería decir. O porque tenía veintiún años menos y la convicción, propia de la juventud, de que antes de publicar algo uno debe comprenderlo.
Ahora sé que, si aplicara ese criterio, no publicaría nada.
El 15 de agosto de aquel año yo estaba sentado frente a mi computadora haciendo algún Excel. No recuerdo para qué. Esto demuestra que incluso las hojas de cálculo que en su momento parecen decisivas pueden desaparecer por completo de la memoria, mientras una ventana vibrando permanece intacta durante décadas.
Primero vibraron los vidrios.
Después todo.
Al salir vi los postes de alumbrado mecerse profusamente y el cielo relampaguear. Probablemente no era el cielo, sino la ciudad haciendo contacto consigo misma: cables, transformadores y cortocircuitos iluminando la tarde. Pero la memoria no distingue con demasiado rigor entre un fenómeno atmosférico y el miedo. Registra luces.
El Instituto Geofísico del Perú registró el sismo de Pisco con magnitud 7,9 Mw y ubicó su epicentro a unos sesenta kilómetros al oeste de esa ciudad. El catálogo del Servicio Geológico de Estados Unidos lo consigna como 8,0. Mi cuerpo utilizó una escala bastante menos sofisticada.
Los terremotos llegan sin pedir permiso. Podemos conocer las fallas, estudiar la acumulación de energía, estimar escenarios y reconocer territorios expuestos. Lo que no podemos hacer es anunciar con precisión operativa el día, la hora y el lugar del siguiente gran sismo.
Por eso se parecen tanto a un ser vivo, aunque no lo sean.
Desde fuera son liberaciones de energía, fricción de placas, ondas que se propagan por materiales. Desde dentro parecen una criatura que se despierta, respira debajo de la casa, estira la espalda y decide recordarnos que el suelo nunca prometió permanecer quieto.
OCHENTA AÑOS
Los acontecimientos catastróficos nos obligan a recordar la estrechez de nuestra existencia.
Somos polvo en el viento, dice una canción. También podríamos ser la semilla de un diente de león corriendo detrás de una corriente que confunde con voluntad.
Ochenta años nos parecen muchos porque los medimos desde una vida humana. Son enormes frente a la vida de un perro, casi incomprensibles para una mosca y absurdamente extensos frente a ciertos organismos microscópicos. Pero no son nada frente a la edad de un planeta, de una estrella enana o de una galaxia.
La escala modifica el significado.
Un segundo puede ser irrelevante en la historia del universo y definitivo para alguien que frena antes de cruzar una avenida. Un terremoto puede durar unos minutos y dividir una vida completa en antes y después. Un abuelo puede morir y continuar apareciendo cada vez que su nieto mastica caña.
DEL BIG BANG A LOS AGUJEROS NEGROS
En medio de estas ideas regresó a mi cabeza un libro que leí de adolescente: Historia del tiempo: del big bang a los agujeros negros, de Stephen Hawking.
Yo lo leía como parte de aquella búsqueda inquebrantable por encontrar respuesta o sentido a todo. Hawking intentaba explicar la historia del universo. Yo esperaba, además, que aclarara mi vida.
Era una exigencia excesiva para cualquier cosmólogo.
Después apareció Sincrodestino, de Deepak Chopra, con la posibilidad seductora de que ciertos acontecimientos paralelos estuvieran conectados; que las coincidencias no fueran completamente coincidencias; que los saltos cuánticos pudieran decirnos algo sobre nuestra experiencia humana.
Hoy separo mejor las cosas.
Los saltos cuánticos pertenecen a una descripción rigurosa de sistemas físicos en escalas diminutas. No tenemos evidencia de que organicen nuestros empleos, amistades, separaciones, reconciliaciones o planes de futuro. La palabra cuántico no convierte una intuición en una ley de la naturaleza.
Pero eso no vuelve inútil la intuición.
Una coincidencia puede adquirir significado sin necesidad de convertirse en mecanismo físico. El eclipse no provocó mis recuerdos. El aniversario del terremoto no causó mis decisiones. Funcionaron como signos de puntuación. Pausas que me obligaron a leer de otro modo una oración que ya estaba escribiéndose.
Tal vez llamamos destino a la forma que adquiere el pasado cuando lo miramos desde el presente.
LOS TERREMOTOS COTIDIANOS
En este agosto se movieron también mis placas pequeñas.
En el trabajo, estructuras que parecen sólidas pueden depender de una firma, una decisión o una persona que mañana ya no está. En la familia, el amor no impide que las placas se rocen o se generen nuevas; apenas nos da una razón para aprender a convivir con la fricción o apartarse incólumes. En los estudios, una buena pregunta desplaza certezas que uno había acomodado durante años. En las amistades se acumulan microsismos: silencios, distancias, reencuentros, cosas que no se dijeron y quizá debieron decirse.
Los planes de futuro también tiemblan.
Y el pasado, por supuesto, envía réplicas.
La diferencia es que estas placas sí responden, al menos parcialmente, a nuestras decisiones. Podemos conversar. Irnos. Quedarnos. Pedir perdón. Poner límites. Cambiar de ruta. Aceptar que determinada estructura ya cumplió su función. Dejar de exigirle al edificio viejo que soporte el piso nuevo que queremos construir encima.
He pasado buena parte del mes intentando ser mi propio sismógrafo.
No para predecirlo todo.
Para reconocer qué se está moviendo.
PREPARARSE NO ES RESIGNARSE
Aceptar que un terremoto coexiste con nosotros no significa resignarse a él.
Significa reconocer su capacidad y nuestra incertidumbre. Preparar la casa. Conocer rutas. Asegurar aquello que puede caer. Saber a quién buscar. Practicar lo que haremos cuando el suelo impida pensar con claridad. La preparación no elimina el fenómeno; reduce la cantidad de decisiones que tendremos que improvisar mientras ocurre.
Con la vida sucede algo parecido.
Prepararse en la familia puede ser tener conversaciones incómodas antes de que se conviertan en derrumbes. En el trabajo, construir procedimientos que no dependan de una sola persona. En los estudios, reservar tiempo real y no únicamente el tiempo imaginario que queda después de todo lo demás. En las amistades, distinguir presencia de costumbre. En los planes de futuro, dejar espacio para lo que todavía no conocemos.
Y frente al pasado, aceptar una verdad bastante poco administrativa:
No todo puede subsanarse.
Algunas cosas solo pueden comprenderse, incorporarse y dejarse atrás.
PAPAMARTO OTRA VEZ
Al final, el eclipse de agosto no cambió las mareas de mi vida. No decidió por mí. No alineó mis variables cotidianas ni envió instrucciones cifradas desde el universo.
Hizo algo más sencillo.
Me recordó a un hombre que miraba la Luna desde una chacrita al norte de Lima y creía que todo estaba conectado. Quizá no mediante campos cuánticos secretos ni energías indescifrables. Quizá mediante algo bastante más humano: la memoria, el aprendizaje y los gestos que heredamos sin darnos cuenta.
Papamarto sigue en mí cuando mastico caña. Cuando trato de leer el viento. Cuando sospecho que una explicación puede ser correcta y, aun así, incompleta. Cuando prefiero la paz al éxito. Cuando escucho una guitarra antigua o cuando, en medio de alguna dificultad, recuerdo que un hombre puede ser feliz con poco.
Tal vez las personas se parecen a los terremotos en algo que no había pensado en 2007. Tan simple porque al igual que los hombres, ellos pasan, pero dejan una vibración registrada en otros.
Antes de que los eclipses pudieran verse en directo desde un teléfono y antes de que los sismógrafos transmitieran datos en segundos, mi abuelo observaba la Luna y el viento. No lo sabía todo. Nosotros tampoco.
La diferencia es que ahora tenemos satélites, inteligencia artificial, modelos, sensores, bases de datos y PowerPoint. Él tenía una caña de azúcar.
Y no estoy completamente seguro de quién entendía mejor lo importante. La tierra se mueve. La Luna pasa delante del Sol.
Y uno, si tiene suerte, escucha desde muy lejos una voz que todavía lo llama: Kende. Entonces muerde la caña. Y sigue caminando.
Comentarios